una línea de dichondras

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Hace unos años, caminando por mi barrio tropecé con una línea de dichondras, una perfecta línea verde creciendo entre dos baldosas de cemento. A partir de allí cualquier «yuyo» que crece en las veredas, entre las grietas, las juntas, … en cualquier lugar de la ciudad capta mi atención.

Soy arquitecta y me formé en la época del dibujo a mano. Cuando veo esos «yuyos», recuerdo haber dibujado planos de plazas o parques en las que el dibujo del verde (pastos, plantas, árboles) se asemejaba a la escritura, garabatos que de lejos daban la idea de vegetación. Era un dibujo, pero el gesto de la mano era el de la escritura. Hoy cuando veo yuyos en las veredas, no puedo evitar ver letras.

Hay algo de resistencia en esos yuyos que crecen en la ciudad; tengo la extraña sensación de que algo intentan decir, y por eso «escriben». De algún modo la naturaleza se las ingenia para resistir entre los pequeños resquicios y se acumula según ciertas lógicas que varían en función de los materiales de base: baldosa vainilla, baldosa cementicia, alisados, cordón vereda, piedra, ladrillos, etc.

Al principio pensaba que mis dibujos eran bellas configuraciones de letras que recordaban las acumulaciones de yuyos urbanos. Ahora, después de muchos años de dibujar textos vegetales, creo que hay resistencia en esos dibujos. La naturaleza resiste en esas grietas, en esos resquicios; la escritura a mano resiste en mis dibujos, resiste en mis «textos vegetales».

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