convertir dibujos en joyas

Me mata la necesidad de hacer cosas que puedan usarse, que «sean útiles» de alguna forma. Seguramente sea un tema de formación. Soy arquitecta, diseñadora, y no puedo evitar pensar en esos términos.

Empecé a hacer collares un poco porque no me gusta la joyería clásica y siempre estoy buscando algo diferente para usar; y otro poco porque me encontré con un material que me permitió pensar el problema de la escritura en otros términos.

No soy joyera. La joyería es un oficio que requiere de muchos saberes que no tengo. Tengo muchos amigos joyeros y profunda admiración por su trabajo. Un trabajo que requiere de años de práctica y experiencia. Muchos de ellos han sido muy generosos conmigo alentandome en esta búsqueda de encontrar el punto de contacto entre mi obra artística y mi trabajo como diseñadora.

En cambio, soy diseñadora y desde ese lugar puedo encontrar el camino para llevar adelante lo que tengo en la cabeza, lo que yo llamo mis «cosas». Cosa, dice el diccionario, es todo aquello que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, concreta, abstracta o virtual.

Cosa es una palabra lo suficientemente amplia para, espero, incluir todas las opciones que se me van ocurriendo mientras trabajo. Mis cosas pueden ser joyas, textiles, objetos, estampas, …, pueden pertenecer a mundos aparentemente muy diferentes entre sí, pero siempre estarán mis dibujos, mis letras, mi resistencia manuscrita. Mis cosas están entre el arte y el diseño, en el borde, donde los límites se diluyen.

una línea de dichondras

configuraciones-1

Hace unos años, caminando por mi barrio tropecé con una línea de dichondras, una perfecta línea verde creciendo entre dos baldosas de cemento. A partir de allí cualquier «yuyo» que crece en las veredas, entre las grietas, las juntas, … en cualquier lugar de la ciudad capta mi atención.

Soy arquitecta y me formé en la época del dibujo a mano. Cuando veo esos «yuyos», recuerdo haber dibujado planos de plazas o parques en las que el dibujo del verde (pastos, plantas, árboles) se asemejaba a la escritura, garabatos que de lejos daban la idea de vegetación. Era un dibujo, pero el gesto de la mano era el de la escritura. Hoy cuando veo yuyos en las veredas, no puedo evitar ver letras.

Hay algo de resistencia en esos yuyos que crecen en la ciudad; tengo la extraña sensación de que algo intentan decir, y por eso «escriben». De algún modo la naturaleza se las ingenia para resistir entre los pequeños resquicios y se acumula según ciertas lógicas que varían en función de los materiales de base: baldosa vainilla, baldosa cementicia, alisados, cordón vereda, piedra, ladrillos, etc.

Al principio pensaba que mis dibujos eran bellas configuraciones de letras que recordaban las acumulaciones de yuyos urbanos. Ahora, después de muchos años de dibujar textos vegetales, creo que hay resistencia en esos dibujos. La naturaleza resiste en esas grietas, en esos resquicios; la escritura a mano resiste en mis dibujos, resiste en mis «textos vegetales».